Sin Límite…
Alberto González Martínez
Alberto González Martínez
* Los negocios de familia.
Mientras la aldea languidece por la amenaza latente
del coronavirus, los comerciantes forcejean con el ayuntamiento en un
desesperado afán de reabrir sus establecimientos dentro del primer cuadro.
El paisaje se ha modificado por completo y Tapachula
asemeja a un pueblo fantasma en algunos sectores de la mancha urbana. Los que
pueden, siguen, atemorizados, resguardados en sus viviendas, mientras el resto
no tiene más alternativa que jugársela en las pocas unidades del transporte
colectivo o caminando por las calles sin más cuidados que los que permiten sus
bolsillos.
La parálisis económica asfixia a todos por igual. La
mayoría admite con resignación los estragos ocasionados por la plaga que inició
en el viejo continente. Aunque no faltan los trasnochados que siguen,
tercamente, culpando a López Obrador de los males que nos agobian.
Los más optimistas ven en esta crisis la formidable
oportunidad de que surjan los grandes espíritus que habrán de doblegar a la
adversidad. Los pesimistas, quisieran ver los montones de cadáveres en las
calles para poder brincar de felicidad y restregarle en la cara a Hugo
López-Gatell que su estrategia de contención falló.
Así somos, lamentablemente. Lejos de reconocer que
el epidemiólogo hace cuanto está a su alcance, los damnificados por este
régimen que avanza, inexorablemente, buscan minuciosamente una mueca, una
expresión, una palabra mal empleada, un guiño de López-Gatell para hacerlo
trizas en las redes.
Mientras tanto, el ayuntamiento está –según sus
jilgueros oficiosos– dedicado a las tareas de fumigación y desinfección de los
principales lugares públicos. Paralelamente, ha comenzado la asignación de
créditos para micros y pequeños comerciantes que se disputan con todo ese
dinerito que en algo mitigará la precariedad prevaleciente.
Tras bambalinas, los negocios subterráneos florecen.
Siguen engordando la nómina municipal con cuates, recomendados y recomendados
de los recomendados.
El requisito fundamental es la pertenencia al
nefasto priato. De esta forma, el ayuntamiento huacalero que el voto ciudadano
concedió al Movimiento de Regeneración Nacional y sus pusilánimes aliados ha
logrado una metamorfosis grotesca: los colores patrios fueron reinstalados por
la sustituta y su padrinito en la caja de cristal.
Hasta los plumíferos a sueldo, los que con toda
frescura hablaban maravillas de los pillos tricolores, han vuelto a la senda y
nada dicen de las atrocidades que ahora se cometen en la administración
municipal de Tapachula.
Todo está perfecto desde la visión de los maiceados.
Mientras todos siguen embelesados, disfrutando del
espectáculo del cierre de calles, espacios públicos y establecimientos
comerciales que no sean de los cuates y parientes, los vehículos oficiales
siguen llegando al taller mecánico del hermano del secretario particular de
Rosa Irene Urbina.
El mismo taller que facturó varios millones de pesos
durante los primeros meses del actual trienio, por concepto de reparaciones que
raras veces realizó, ha vuelto a las andadas mientras el coronavirus sigue
siendo la enorme cortina de humo para medio ocultar la corrupción.
Esos negocios turbios fueron solapados por la
entonces síndico municipal hasta que el extinto Óscar Gurría Penagos descubrió
las maromas que desde la Secretaría de Administración se realizaban para favorecer
al hermano del ahora secretario particular de la alcaldesa sustituta.
Así transcurre la vida aquí en la aldea. El
coronavirus mantiene a raya a los tapachultecos en abrumadora mayoría, mientras
los pillos colorados aprovechan para hacer lo que mejor saben hacer.
Haciendo como que no se dan cuenta de todas las
pillerías, los regidores cobran alegremente sus cuantiosos salarios y
compensaciones, aunque se hayan desentendido por completo de sus deberes desde
que comenzó la contingencia.
Los negocios subterráneos a todo lo que dan.
Y de Morena no queda ya ni el recuerdo…
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